Por Alberto Asseff *
Se está minando la Argentina entera. Ni siquiera son enterradas o semiocultadas esas minas. Se las coloca a la luz y a la vista. Y cada día son más.
Son minas culturales. Su único disimulo es que en los papeles son formalmente “legales”, pues tienen todos los sellos y dictámenes. Se trata de los subsidios directos e indirectos.
Los primeros van, supuestamente, para ayudar a quienes lo necesitan impostergable e imperiosamente. Empero, ni todos los que requieren el auxilio lo tienen, ni todos los que lo reciben son hambrientos. La mano del puntero o intermediario político discierne, con discrecionalidad, a quiénes sí y a quiénes no. El fin clientelar-electoral supera al solidario. La universalidad de la subvención se postra ante la arbitrariedad de la distribución.
Los indirectos determinan que el gas o la electricidad bimensuales irroguen menos que una comida en un restorán de tercera categoría, en detrimento de las inversiones que ambos sectores piden a gritos. Son subvenciones injustas y perjudiciales. Pueden aceptarse para el transporte público, pero si fuesen acompañadas por la modernización del material rodante y ampliación de la infraestructura. Hoy pareciera que son más negociados que auxilios genuinos
Para colmo de perversidades, el subsidio directo no exige una contraprestación, no a favor del Estado, sino del propio auxiliado. No le pide que estudie ni que se entrene para el trabajo. Lo incita, en contraste, a que holgazanee. Aquí está la raíz del campo minado que señalo en el primer renglón.
La grandeza de la Argentina – como la de Estados Unidos, Australia, Canadá y ahora Brasil – no fue un ‘milagro’ ni se originó solo en la pródiga naturaleza. Se cimentó por el trabajo y una política relativamente – en el caso nuestro- estable (hasta que empezó a trastabillar y ya no pudo enderezarse más…)- estable.
La que está sucumbiendo en la Argentina es la cultura del trabajo y junto con ella esa poderosa, maravillosa, apuesta a la educación. La educación era el sueño de todo argentino y era un sueño que normalmente se hacía realidad.
Educación y trabajo, más un poco de buena política configuraron la ecuación de esa Argentina que prometía y enamoraba. Que era una esperanza para propios y extraños.
Que había mucho por hacer y mejorar en medio de esa Argentina de antaño, ¡qué duda puede caber! Pero lo que se hizo paulatina, pero cruelmente fue demoler las bases en lugar de reforzarlas.
En un momento dado el país requirió acorazar su ética – y valores -, optimizar su eficacia – que conlleva atender a la productividad y a la creación e investigación técnico-científica – y acompañar los nuevos tiempos con oportunas enmiendas o reformas para neutralizar el peligro de perder el ritmo y el compás.
En contraste con esas adecuaciones, la Argentina se enfrascó en querellas, primero ideológicas y después literalmente sangrientas. La política se volvió tan irrespirable como estéril – o decididamente dañina. La economía comenzó a crujir – hasta estallar. La fuga de capitales no cesó nunca – en los últimos cuatro años fueron us$ 60 mil millones, es decir que e deglutió la riqueza que generamos como renta. El pesimismo nos va ganando la partida.
Crecemos, pero no nos desarrollamos. Y menos que menos en dos planos capitales: la educación y el trabajo, donde nos vamos hundiendo en el quinto subsuelo del subdesarrollo.
¿Qué hizo “él” para evitar este hundimiento? ¿Cuál es el legado de “él”? Lo diré con suavidad, pero con severidad: “él” – que supuestamente vino en 2003 a reparar iniquidades, agudizó tanto las deficiencias e insuficiencias argentinas que nos ha dejado – no está dejando hoy, mediante sus legatarios – un campo minado.
Nos han destruido hasta casi la médula dos pilares de la Argentina: la educación y el trabajo. No obstante esta devastación, siguen en pie millones que estudian cabalmente y que trabajan esforzadamente. Empero, el escepticismo se nutre de una lacerante situación: cada día es más notoria un país dual, es decir desintegrado.
En suma, el legado de “él” es de lo más funesto y letal: nos deja un país fracturado en contraste con aquella Argentina que andaba, caracterizada por una ascendente clase media que no solo acolchonaba la sociedad, sino que incitaba y hacía puente para la Argentina socialmente articulada.
¿Podremos superar al legado y a sus legatarios? Una pregunta para contestar otro día. Hay que pensar la respuesta y sobre todo suscitar pensamientos. Porque la solución es, al igual que el problema, colectiva.
*Asseff fue presidente de HIDRONOR, asesor jurídico de Yacyretá. Profesor de Geoestrategia. Dirigente político del partido UNIR
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