viernes, 3 de octubre de 2014

Aplaudir al verdugo

Pocas veces un condenado a muerte tiene la oportunidad de aplaudir a su verdugo. Juan Fábrega protagonizó ese raro momento de tener que festejar cómo Cristina Kirchner lo liquidaba en público. El jefe del Banco Central, además, soportó que mientras la Presidenta lo sacudía acusándolo de soplón y de ineficiente, la televisión pública lo enfocara en primer plano para que el escarnio fuera mayor.
Fue un acto cruel del que Fábrega no debe sorprenderse. Son los métodos del kirchnerismo que él conoce muy de cerca por la relación que mantuvo con Néstor Kirchner.
Recibió el golpe de gracia en una pelea desigual con Kicillof, el ministro que ahora tiene el poder que tuvo Cavallo en el apogeo de su gestión.
Kicillof y Cavallo se diferencian en la relación con sus jefes políticos.
Carlos Menem echó a Cavallo cuando éste se creyó que el poder pasaba por él y no por su jefe político.
Cristina, en cambio, está encandilada por las teorías de su ministro de Economía y cree, una por una, las teorías conspirativas que Kicillof le acerca a su oído.
Marcelo Bonelli, en su columna semanal (ver pág. 35), asegura que Kicillof le llevó a Cristina su convicción que el hermano del ahora ex jefe del Central opera en el mercado negro del dólar y fue favorecido, al igual que otros colegas, con información privilegiada.
La manera de desembarazarse de Fábrega, un hombre que conocía de bancos pero que tampoco se destacaba por su conocimiento de la teoría económica, y el definitivo encumbramiento de Kicillof ratifican que la Presidenta confía que con esta política podrá llegar hasta el final.
Fábrega se distinguía de Kicillof porque aparecía más razonable        a atender variables del mercado, como la inflación, que el ministro ha decidido ignorar. Hay que decir, también, que las discusiones frecuentes entre ambos funcionarios casi siempre se inclinaban en favor del jefe del Palacio de Hacienda.
La Presidenta está convencida de que la política de su superministro la llevará sin problemas hasta diciembre de 2015.
El complot denunciado por Cristina es parte esencial de la estrategia.
La denuncia de conspiración apunta a tratar de acumular poder político, por un lado, y procurar ocultar la cada vez peor performance económica, con una inflación que sigue en alza y una desconfianza que hace que los que puedan recurran al dólar para proteger su salario.
EE.UU., principal acusado de la conspiración, se negó a considerar siquiera la denuncia de Cristina.
La Presidenta había revelado que el extremismo islámico la había amenazado. Días después dijo que si le pasaba algo “miren al norte”, es decir a EE.UU. Es decir, antes el ISIS, ahora la CIA.
Washington respondió que todo le parecía “inverosímil” y “ poco serio ”.

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