martes, 10 de junio de 2014


Sofistas mercenarios


junio 10, 2014
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Secretaria para el Pensamiento Nacional
Un certificado de estudios (léase diploma) no garantiza la condición de filósofo del graduado. Filósofo es aquel que escudriña en busca del conocimiento con vocación científica y argumentos sólidos respaldados por evidencias concretas con el propósito de promover el bien común, la armonía, la libertad de pensar y de crear.
En cambio es lamentable (y triste) ver algunos de estos graduados convertirse en sofistas mercenarios, habladores a sueldo, recitadores de argumentos con objetivos bastardos y la intencionalidad de crear condiciones que sean de utilidad para la protección y perpetuación del déspota de turno, pretendiendo generar un adoctrinamiento masivo que someta la voluntad y el pensamiento (o bien induzca el silencio temeroso) de los ciudadanos, creando agrupamientos fascistas que recuerdan los peores despotismos, entre ellos los nacional-socialismos de Hitler, Lenin-Stalin, Mussolini, Fidel Castro, Chávez, etc.

La creación de la Secretaría para el Pensamiento Nacional, portador exclusivo de la “verdad” (la del régimen de turno) y futuro brazo acusador para la represión y depuración del libre pensamiento, es un hecho que debería avergonzar al designado si es que este tuviera la suficiente capacidad intelectual y moral para comprender su triste rol y es -además- un hecho que alarma pues evidencia hasta que punto el pueblo ha permitido su avasallamiento a manos de funcionarios absolutamente carentes de probidad.

Que el mercenario acepte tal indigno cargo (con el aval de los componentes militantes sectarios de su facción Carta Abierta) en razón de su pulsión autoritaria y avidez o voracidad económica, es algo que supera lo que un pueblo libre debe tolerar de sus empleados públicos a quienes designa y paga con el esfuerzo productivo colectivo aportado para administrar con honestidad y con el máximo respeto en favor de la libre condición y los derechos humanos de los ciudadanos mandantes. El pueblo ha de imponer sobre el empleado mandatario de turno (léase presidente del ejecutivo) y sus adláteres su condición de soberano, de Autoridad Suprema, poniendo fin a esta ignominia.

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