En lo que dura una semana, Cristina Kirchner pasó de verduguear a quienes osaron "hacerse los rulos" antes de tiempo a deslizar un (nada tímido) "ya veremos". En juego está su futuro, el del kirchnerismo y el de la oposición. Y ella lo sabe.
Mientras tanto, alrededor de su candidatura suma rondas un juego que el kirchnerismo conoce demasiado bien y que está dispuesto a poner en marcha una vez más. Es el mismo que fogoneó Néstor Kirchner cuando convirtió la incógnita "pingüino o pingüina" en letanía y cierre infaltable de sus discursos en los meses previos a la elección de 2007. Todos esperaban que confirmara su continuidad en el poder o que pusiera la posta en manos de su esposa. El ex presidente jugó (y calló) hasta último momento.
Tanto calló que la confirmación nunca llegó de su boca (algo con lo que se especuló cada vez que encabezó un acto político importante). El mensaje oficial llegó a través de la agencia Télam. Era 1º de julio de 2007. Faltaban menos de cuatro meses para las elecciones.
La Presidenta se encamina a repetir el esquema: decir sin decir, avanzar para luego retroceder, sostener el misterio tanto como sea posible y, para completar el tablero, dejar las definiciones tajantes en manos de otros. La alquimia entre la confirmación que nunca llega y el operativo clamor permanente parece perfecta para atravesar los primeros meses de campaña, ese limbo en el que, formalmente, nadie es candidato a nada, pero en el que la pelea está ya planteada y cada día vale demasiado.
El acto en Huracán podría convertirse en una postal elocuente de esa estrategia. Mezcla de escenificación, demostración de fuerza y presión de las bases, la ceremonia cobijará en el mismo espacio al "cristinismo de izquierda" (parte del gabinete, organizaciones sociales con La Cámpora a la cabeza, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo) y a gobernadores, intendentes y a la CGT de Moyano, las caras del justicialismo que Cristina Kirchner querría tener lejos, pero de la que no puede prescindir.
El anhelo de la Presidenta de deshacerse del PJ más tradicional (el pejotismo, diría ella) está bien en pie. Prueba de ello es el anuncio de Randazzo de que el candidato a vicepresidente del oficialismo podría ser un no justicialista. La transversalitad en su versión cristinista está en marcha.
Las diferencias entre esta transversalidad remozada y la que Néstor Kirchner inventó poco después de asumir en 2003 saltan solas a la vista. Si aquella fue una construcción estratégica, pensada para ensanchar la escueta legitimidad de origen del santacruceño y afianzarlo en el poder, ésta es definitivamente táctica y busca ampliar la base electoral del kirchnerismo de cara a octubre. De la transversalidad "de iniciación", para construir poder y ejercerlo, a la transversalidad "de continuidad", para retenerlo.
De este panorama, tal como está planteado, surgen varios interrogantes. El más evidente: ¿Le conviene a Cristina Kirchner sostener el misterio? La experiencia y un primer cálculo de costo beneficio indican que sí, que apurar el anuncio sólo serviría para poner fin a la ventaja que sostener la incógnita hoy le da respecto de sus oponentes.
Pero también cabría preguntarse si la indefinición podría volverse un arma de doble filo. ¿Podría generar hartazgo en la ciudadanía? ¿Convertirse en un signo de debilidad? ¿Dejar de ser un diferencial para tornarse una muestra de verdadera indefinición? Cuando Cristina Kirchner juega a las escondidas, ¿lo hace desde la estrategia o porque todavía no decidió si finalmente va a competir?
Este último interrogante se completa con un dato que conviene no perder de vista: el kirchnerismo más duro no maneja alternativas a la candidatura de Cristina. La posibilidad de que Scioli ocupe ese lugar desagrada a la mayoría. Igual que el peronismo añejo, el gobernador es tan necesario como resistido. A esto se suma que, con la muerte de Kirchner, la alternativa "pingüino pingüina" ya no es posible. Sin Kirchner y lejos de Scioli la opción parece ser "Cristina o el abismo".
Preguntas que prometen seguir atravesando el universo preelectoral. Porque todo indica que la Presidenta seguirá haciendo equilibrio entre el silencio y las pistas. Y porque la oposición quedó esclava de lo que finalmente decida.
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